¿Podemos encontrar lecciones vitales, organizacionales y empresariales en las decisiones y acciones de los grandes estrategas y tratadistas militares de la antigüedad?

Strattegos es un esfuerzo por reconstruir la sabiduría de los líderes políticos y militares de la historia para la gerencia, el gobierno y el liderazgo contemporáneo.

Lectio XIX: Pagar las deudas.

  Un busto de Amílcar Barca, padre del famoso Aníbal y general de las fuerzas cartaginesas durante la Guerra de los Mercenarios.

Un busto de Amílcar Barca, padre del famoso Aníbal y general de las fuerzas cartaginesas durante la Guerra de los Mercenarios.

Las promesas rotas de Cartago.

En el año 264 A.C. una disputa en Sicilia llevó a que Roma y Cartago, las dos potencias del mediterráneo oriental de la época, se declararan la guerra. La Primera Guerra Púnica fue larga y costosa para ambos bandos, pero luego de 23 años de enfrentamientos, los romanos se alzaron con la victoria.

Cartago era una ciudad de vocación comercial y solía usar su dinero para contratar a los mercenarios que conformaban el grueso de sus ejércitos. Durante la guerra contra Roma los cartagineses habían utilizado una impresionante fuerza de al menos treinta mil mercenarios de Italia, Sicilia, África y la Galia. El general Amílcar Barca había sido el principal comandante de las fuerzas mercenarias y durante los años de la guerra los había entrenado y usado hasta convertirlos en curtidos y experimentados guerreros.

Pero terminada la guerra los miles de soldados a sueldo esperaban la paga acumulada de años de trabajo y se dispusieron a volver a África, a la misma ciudad de Cartago para cobrar. El alto mando cartaginés en Sicilia, consciente de la situación financiera en casa luego de dos décadas de guerra, ideó un ingenioso plan para facilitar la negociación con los mercenarios. El ejército fue dividido en pequeñas unidades y embarcado escalonadamente, así llegaría en grupos más manejables para las autoridades en Cartago.

Pero el Senado cartaginés estropeó la estrategia al demorarse en tratar con cada grupo y reunir a todos los mercenarios en un campamento fuera de la ciudad. Cuando los generales Hannón y Amílcar llegaron de Sicilia tuvieron que hacer frente a la situación. El primero se dirigió a los mercenarios, llevándoles la propuesta del Senado de Cartago de disminuir el pago dado que las arcas de la ciudad estaban "vacías". Los mercenarios, azuzados por un libio de nombre Matho y un campanio llamado Spendios, se sublevaron, tomaron cautivo a uno de los enviados cartagineses, Giscón -al que luego ejecutarían- y robaron el dinero que llevaba para su paga.

Reunidos en asamblea, los mercenarios eligieron a Matho y Spendios como generales y declararon la guerra a Cartago. No solo eso, enviaron misivas a todas las ciudades africanas bajo el yugo cartaginés, que luego de años de pagar con sus tributos la guerra con Roma, recibieron la oportunidad de libertad con inusitado entusiasmo. Cartago se encontró entonces, luego de la agotadora guerra en Sicilia, enfrentando una rebelión en toda regla de sus dominios liderados por los mercenarios a los que no había logrado pagar.

La Guerra de los Mercenarios fue un cruento aunque corto para su tiempo, conflicto en el que murieron docenas de miles de soldados y habitantes del norte de África. Cartago se impuso al final, gracias en buena medida a sus dos grandes generales, Hannón y Amílcar, pero durante la confrontación tuvieron que ceder las islas de Córcega y Cerdeña a Roma y en general gastar una fortuna y su reserva de hombres en edad de luchar. De igual forma, la guerra demostró lo frágil que podía ser el poder cartaginés, dependiente de la dudosa lealtad de sus mercenarios y de los siempre descontentos aliados y súbditos en África. Esta realidad sería el principal insumo para que treinta años después el romano Publio Cornelio Escipión derrotara a Aníbal Barca al final de la Segunda Guerra Púnica y en el largo plazo, condenaría a Cartago a su destrucción en el año 146 A.C.

Pagar favores y deudas.

Nicolás Maquiavelo demuestra en El Príncipe una natural desconfianza hacia las fuerzas mercenarias. En su época (el Renacimiento tardío) las repúblicas y principados italianos para los que escribía solían confiar igual que los cartagineses en las fuerzas mercenarias de condotieros que abundaban en Italia. Y al igual que Cartago luego de la Primera Guerra Púnica, los príncipes italianos eran depuestos, asesinados, extorsionados y en general traicionados regularmente por mercenarios descontentos o simplemente demasiado ambiciosos. 

Por eso no es extraño que Maquiavelo dedique una parte importante de su tratado sobre el gobierno a desalentar el uso de mercenarios en las fuerzas de un príncipe. En efecto, los mercenarios reúnen una serie de características que los hacen poco atractivos para un gobernante que dependa demasiado de ellos, pero sobre todo, el servicio por dinero a un jefe al que no deben otra lealtad que su pago es un fenómeno más común y extendido en la actualidad que en las milicias antiguas.

Ahora, siempre hay que mantener los matices de esta comparación, pero una lección general puede sacarse de todo el terrible episodio que llevó a la Guerra de los Mercenarios. Esto es, pagar los favores, las deudas o en general, honrar los compromisos en niveles tan cercanos a lo prometido como sea posible. Cartago no necesariamente cometió un error al contratar mercenarios, su modelo social y militar, y las necesidades del intenso conflicto con Roma, lo demandaban. Pero su incapacidad para gestionar el pago de sus soldados a sueldo permitió que estos tuvieran una excusa para declararles la guerra e intentar hacer fortuna en el río revuelto de las lealtades africanas de la ciudad. 

No siempre se pueden honrar los compromisos. Eso es claro. Pero la disposición absoluta a hacerlo, sobre todo cuando se puede, puede ahorrar muchos problemas con subalternos, aliados o incluso enemigos que están en el camino de la realización de un proyecto. No solo eso. Pagar las deudas supone ante todo una inversión en reputación para el futuro e incluso, con algo de creatividad, una ganancia de lealtad o al menos agradecimiento en los personajes honrados a los que se les hace el pago.

Las tres cosas, reputación, lealtad y agradecimiento le hubieran caído muy bien a Cartago, antes de sumar otra guerra innecesaria a su lista.

Aun así.

Más allá de evitar pagar un favor, esta lección merece dos advertencias. La primera es poner mucha confianza en el agradecimiento ajeno. Es poco común que un sujeto que recibe una compensación por un servicio desarrolle algo más que apatía por quién se lo reconoce. A excepción de que otros elementos entren en juego, sean políticos o sociales. Y lo segundo es reconocer que, en contadas pero importantes ocasiones, dejar de pagar un favor también es un mensaje que vale la pena dar.

Lectio XX: Evitar la sobre extensión.

Verbis: Kautilya y el enemigo de mi enemigo.

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