¿Podemos encontrar lecciones vitales, organizacionales y empresariales en las decisiones y acciones de los grandes estrategas y tratadistas militares de la antigüedad?

Strattegos es un esfuerzo por reconstruir la sabiduría de los líderes políticos y militares de la historia para la gerencia, el gobierno y el liderazgo contemporáneo.

Lectio XVIII: Las desventajas del cinismo.

  Busto de Alcibíades, político y general ateniense.

Busto de Alcibíades, político y general ateniense.

Un don juan ateniense.

Alcibíades era hijo de Clinias y Dinómaca, parte del clan familiar de los Alcmeónidas, que habían producido varios hombres ilustres en Atenas, incluyendo al político y general Pericles. Él mismo fue tutor de Alcibíades cuando su padre fue muerto en la batalla de Coronea. Otras figuras importantes fueron influencias del joven, que se codeó con lo mejor de la sociedad ateniense en la edad dorada de la polis.

Su otro gran referente, además de Pericles, fue Sócrates, con el que mantuvo una relación bastante cercana -algunos especulan que incluso fueron amantes- luego de que el filósofo lo salvara de la muerte en la batalla de Potidea. Alcibíades se sumó a los discípulos de Sócrates, pero su vida disipada lo llevaba a tener constantes choques con todos los que lo rodeaban. Se casó con la hija de un rico ateniense, que intentó divorciarse de él en diferentes ocasiones por su afición a la prostitutas.

Alcibíades entró a la arena política ateniense luego de que una sensata paz se firmara entre Atenas y Esparta para poner fin a siete años de la infructuosa Guerra del Peloponeso. Mediante engaños y manipulaciones, Alcibíades logró echar por la borda el acuerdo en plena Asamblea ateniense, dejando a sus promotores por el suelo mientras se ganaba las mayorías y se hacía elegir general. Luego, en un ingenioso y arriesgado plan, formó una coalición con viejos enemigos de Esparta para asaltar la ciudad.

Los espartanos, furiosos por la forma en que los atenienses habían saboteado el tratado y organizado una nueva ofensiva, desplegaron un ejército bajo el mando del rey Agis II y en la localidad de Mantinea derrotaron a Atenas y sus aliados. Las ciudades que se habían sumado a Atenas en contra de Esparta desertaron, pero la guerra se había reactivado y Alcibíades tuvo la habilidad política suficiente para sobrevivir la derrota sin que sus compatriotas le echaran ninguna culpa.

Tres años después, una embajada de la ciudad siciliana de Segesta llegó a Atenas pidiendo ayuda contra su enemigos de Selinunte. Alcibíades aprovechó la oportunidad para proponer en la Asamblea una expedición ateniense que sometiera Sicilia para su imperio marítimo. Nicías, enemigo político de Alcibíades, se opuso a la expedición y pronunció un discurso en el que exageró los números de embarcaciones y tropas que tal empresa requeriría. Su estratagema argumentativa lo traicionó, y los atenienses se entusiasmaron aún más con su gran plan. Contra su voluntad, Nicías fue electo -junto a Alcibíades y otros- para mandar la expedición a Sicilia.

Mientras se preparaba la expedición ocurrió un escándalo. Un día amanecieron mutiladas las estatuas consagradas la Hermes que estaban por toda la ciudad. Conocido por sus posturas extravagantes y hábitos disolutos, Alcibíades y sus más cercanos fueron los primeros sospechosos y sus enemigos, oliendo sangre, emprendieron una campaña de desprestigio y acusaciones que llevaron a la Asamblea a llamar un juicio.

Alcibíades escapó de la ciudad antes de que se pudiera adelantar el proceso judicial, suponiendo pocas garantías en el ambiente preparado por sus enemigos y reafirmado por su fama. Buscó entonces a sus viejos enemigos, los espartanos, a los que cortejó ofreciendo los secretos para derrotar a Atenas. Esparta accedió y ahora en suelo lacedemonio, Alcibíades descargó todo su talento oratorio en destruir a su ciudad natal (o al menos, a los hombres que la gobernaban y lo habían enviado al exilio).

La expedición en Sicilia fue un desastre para los atenienses -no en menor medida por el papel que Alcibíades desempeñaba en el bando enemigo-, Nicías murió en la isla y las fuerzas atenienses fueron exterminadas. Atenas no se recuperó nunca de esa pérdida y ahora volvía a la lucha contra Esparta en clara desventaja. Ahora en la ofensiva, los espartanos, siempre aconsejados por Alcibíades, iniciaron campañas sistemáticas de saqueo en la campiña ateniense, sitiando de facto a los ciudadanos tras sus murallas y volviéndolos más dependientes de su dominio del mar y sus aliados y posesiones en ultramar.

Alcibíades, un paso por delate de sus conciudadanos, se llevó una flota espartana y visitando ciudad por ciudad del imperio ateniense, empezó a fomentar la rebelión y el descontento con la metrópoli. Pero a sus éxitos llegó las inevitables consecuencias de su personalidad. El rey Agis II se enteró de los avances de Alcibíades a su esposa y luego de perder el apoyo de los éforos espartanos, se ordenó su muerte. Alcibíades huyó a duras penas y buscó refugio en la corte del gobernante persa de Asia Menor, Tisafernes.

Se convirtió en consejero del sátrapa y usó su influencia para reducir el apoyo que los persas daban a Esparta en contra de Atenas. Su argumento era que a los persas les convenía que ambas ciudades se desgastaran entre ellas para una eventual invasión persa. Pero en el fondo, Alcibíades estaba usando a Tisafernes para preparar su regreso a Atenas, mientras se vengaba un poco de sus nuevos perseguidores, los espartanos.

Estableció conversaciones con los almirantes de la flota ateniense, que estaba estacionada en la isla de Samos. Usó su supuesta influencia sobre Tisafernes como moneda de cambio para intentar un acuerdo con las autoridades de su ciudad en el que se retiraran los cargos contra él, y luego de conspiraciones, traiciones e incluso la caída momentánea de la democracia en Atenas, Alcibíades pudo regresar a compartir el mando de la flota.

Ganó algunas batallas navales para los atenienses, particularmente el enfrentamiento en Cícico, que le permitieron en poco tiempo regresar a Atenas, conseguir que se retiraran los cargos en su contra e instituirse nuevamente como líder político de la ciudad. Pero poco después, mientras buscaba fondos para la desfinanciada flota ateniense, uno de sus lugartenientes, Atióco, desobedeció sus ordenes mientras estaba en tierra firme, y fue derrotado por la flota espartana.

Aunque en términos estrictos la culpa no fue de Alcibíades, sus enemigos y su fama lo volvieron a condenar. En Atenas se extendió el rumor de que Alcibíades no estaba con la flota porque andaba con unas prostitutas. La acusación es juzgada falsa por los historiadores que recogen su biografía -Tucídices y Plutarco, sobre todo- pero fue suficiente para que Alcibíades fuera expulsado de nuevo y ahora por siempre, de Atenas.

Se retiró a Tracia, donde tenía posesiones ganadas durante su estancia en la corte del sátrapa persa. Cerca de donde residía sería derrotada definitivamente Atenas, en la batalla naval de Egospótamos. Antes del enfrentamiento, Alcíbiades visitó al alto mando de su ciudad y les ofreció consejos estratégicos, pero desconfiando de que fuera una de sus viejas estratagemas, los almirantes lo echaron del campamento.

Alcibíades terminó sus días cerca de la ciudad de Éfeso, en donde sus enemigos lo asesinaron frente a su amante y prendieron fuego a su casa. El ateniense se encontraba en Asia Menor intentado recuperar algo de su influencia con los persas. Una versión de la muerte señala como culpables a espartanos y los mismos persas. La otra sostiene que el general terminó muerto por varios hermanos que defendían la honra de una mujer a la que Alcibíades había seducido.

Su último momento fue sin embargo de valentía. Lanzándose semi desnudo y solo armado con una daga contra sus atacantes, que temerosos de su reputación, lo acribillaron a distancia con arcos y flechas.

Encarnar un ideal.

Alcibíades es quizás una de las figuras más "griegas" de la historia antigua de los griegos. Su trayectoria se cuenta como una tragedia. Su personalidad parece la de unos de los caprichosos, extraordinarios y decadentes dioses del panteón heleno. Su vida es la lección alrededor de las consecuencias del sumarle disolución y cinismo extremo al genio y la ambición. 

Ahora, Alcibíades no sería el primer personaje de relevancia histórica en tener una vida privada desordenada o un entendimiento cínico de la vida política. Aunque la mayoría de sus derrotas vinieron de estas características, su dificultad para consolidar un legado para Atenas -o para sí mismo- viene de nunca lograr encarnar un ideal claro para sus conciudadanos, sus aliados e incluso sus enemigos.

Alcibíades era sumamente inteligente y su capacidad para persuadir y seducir suponían unas herramientas de influencia espectaculares, pero el engaño y la manipulación usadas en exceso cobran un precio en la reputación y la confianza que una persona despierta. Al final de su carrera, incluso los novatos generales de la flota de su ciudad desconfiaron de simples consejos por la fama de Alcibíades.

Construir un algo mayor que la persona sobre el personaje es fundamental para despertar admiración, lealtad e incluso temor en las personas que superan el círculo más inmediato. Lo primero es afirmativo y activo, pero también debe estar acompañado de visos de coherencia y esfuerzos de demostrar claridad, honestidad y convencimiento. Nadie sigue a los cínicos hacia la realización de sus ambiciones personales. Al menos, no con entusiasmo.

Las personas quieren creer en algo y suponer que incluso más acciones más despreciables sirven a esa causa. Encarnarla es fundamental para inspirar esa determinación, en los momentos cotidianos y en los más extraordinarios. 

Nunca tuvo esto más claro Alcibíades, para su infortunio, que cuando corrió al encuentro de sus atacantes, en los instantes previos a su muerte.

Verbis: Kautilya y el enemigo de mi enemigo.

Interim IV: Consejos sobre cómo rodearse bien.

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