¿Podemos encontrar lecciones vitales, organizacionales y empresariales en las decisiones y acciones de los grandes estrategas y tratadistas militares de la antigüedad?

Strattegos es un esfuerzo por reconstruir la sabiduría de los líderes políticos y militares de la historia para la gerencia, el gobierno y el liderazgo contemporáneo.

Lectio XIII: Los riesgos de ganar.

  Ilustración moderna de una escena de la batalla de Cannae entre romanos y cartagineses.

Ilustración moderna de una escena de la batalla de Cannae entre romanos y cartagineses.

Maharbal y la reprimenda de Aníbal.

En el año 216 a.c. los ejércitos de Roma y Cartago se encontraron en los valles de la localidad de Cannae en el sureste de Italia. Del lado cartaginés mandaba Aníbal, el gran general que con una tropa multinacional había logrado ya dos impresionantes victorias sobre los romanos en Trebia y Trasimeno. Preocupados y envalentonados, los romanos habían respondido con un enorme ejército de al menos ochenta mil hombres y el comando asumido por los dos cónsules de ese año, Lucio Emilio Paulo y Cayo Terencio Varrón. 

La ley romana dictaba que cuando los dos cónsules llevaban el mando debían turnarse día de por medio. Esta tradición, rezago de cuando Roma era apenas una pequeña ciudad que luchaba con sus vecinas italianas por cortos periodos de tiempo y pequeñas partidas de guerra, degeneraba en serios problemas de mando cuando los cónsules no se ponían de acuerdo en que curso de acción seguir para la guerra. Paulo y Varrón tenían dos ideas completamente diferentes sobre cómo enfrentar a Aníbal. El primero era un hombre experimentado en la guerra y que sabía que la única forma de vencer a Aníbal era evitar que él pusiera las condiciones de la batalla (las derrotas posteriores de Roma en Trebia y Trasimeno habían sido sobre todo provocadas por generales romanos imprudentes que habían caído en trampas del cartaginés), pero Varrón era de opinión diferente y tentado por la gloria que acabar con Aníbal y expulsarlo de Italia, y confiado en los números superiores de su ejército, buscaba un enfrentamiento.

Por semanas, ambos ejércitos bailaron la danza táctica de encontrar puntos más convenientes para uno y para otro y forzar una batalla. Del lado romano, Paulo intentaba en su día de mando alejarse de las posiciones de Aníbal, mientras Varrón, al día siguiente, se acercaba a provocarlo. El 2 de agosto de ese año por fin los cartagineses presentaron batalla y los romanos, al mando de Varrón, desplegaron su gran ejército. Sin embargo, Aníbal había escogido muy bien el terreno de la batalla -un valle estrecho en el que la superioridad numérica de los romanos se reducía como ventaja- y en una espectacular maniobra (que todavía se enseña en las academias militares del mundo- rodeo a un ejército más grande y causo una de las derrotas más grandes infligidas nunca a Roma. 

Al final del día, unos setenta mil romanos habían muerto y un par de miles habían caído prisioneros. El cónsul Lucio Emilio Paulo había muerto y Cayo Terencio Varrón había huido, deshonrándose por años. Según Tito Livio, historiador posterior, Aníbal y sus hombres recogieron del campo de batalla al menos doscientos anillos pertenecientes a Senadores muertos. Roma había quedado sin ejército, sin mando político y militar y con su aristocracia diezmada. El desastre era total. En Roma la noticia se recibió con extendido pánico por los ciudadanos, la ciudad fue sobrecogida por el luto, pues no había nadie que no estuviera emparentado o al menos conociera a alguno de los caídos.

Luego de esta decisiva victoria, Aníbal se encontró en una posición muy ventajosa: los romanos no tenían ningún ejército para proteger Roma y la ciudad estaba consumida por el pánico. Sin embargo, el general cartaginés, contrario a todos los consejos de sus subordinados, se negaba a marchar contra la ciudad italiana. Creía que en un ataque contra la ciudad perdería toda su ventaja en términos de movilidad, arriesgándose en un desgastante asedio. Además, estaba convencido que después de una derrota tan clara como la de Cannae los romanos negociarían, así que decidió enviar delegados a Roma para que se pactaran unos términos de paz que, en realidad, eran bastante generosos con los romanos dadas las circunstancias. Sin embargo, Aníbal, que hasta entonces había estudiado de forma concienciada a su enemigo, ignoraba un rasgo de la personalidad de los romanos: su orgullo y pragmatismo. Cuando los delgados de Aníbal se presentaron ante el Senado romano -imaginemos la escena, los escaños de la sala medio vacíos por los caídos- y expusieron los términos, los senadores respondieron “¿y por qué habríamos de firmar la paz, si aún no nos han derrotado?”, los cartagineses parecían desconcertados, “¿y Cannae?” Preguntó uno de ellos, “Fue solo una batalla, una de una larga guerra” recibió por respuesta.

La guerra, como comprobó pronto Aníbal, continuó. Los romanos, tercos como siempre, se negaron a rendirse y reclutaron ejercito tras ejército, no importaba cuantos hombres, dinero y aliados perdieran. Era todo o nada. Diez años pasaron desde Cannae y Aníbal nunca pudo tomar Roma. Entonces, un joven general romano, Publio Cornelio Escipión (que había peleado en el ejército romano en Cannae) llevó un ejército a Cartago y Aníbal tuvo que abandonar Italia para enfrentarlo y en la batalla de Zama. Escipión lo derrotó, ganando para Roma la guerra. 

Años atrás, luego de que se negara a atacar Roma después de vencer en Cannae, Maharbal, uno de los generales de Aníbal le dijo: “Sabes cómo conseguir la victoria, pero ignoras como aprovecharla”.

Victoriosos en problemas.

Curiosamente, hay pocos momentos más decisivos en la guerra -o cualquier proyecto humano- que los instantes posteriores a la victoria. Es el momento de las decisiones, de la definición de los objetivos alcanzados, sea por los términos impuestos al derrotado, como por los esfuerzos faltantes para consolidar los resultados de esa victoria.

Por un lado, exige prudencia en estas decisiones -aplastar o humillar a un enemigo en fuga, por ejemplo, también puede ser un error en el largo plazo-, para definir lo que será después del final del enfrentamiento. Las condiciones del derrotado, los beneficios del victorioso y en general las disposiciones del final (o para finalizarla, como en la oportunidad perdida de Aníbal).

En efecto, Aníbal fue demasiado prudente luego de años de conseguir grandes resultados a punta de osadía. Así, cuando tenía que ser lanzado, dudó, y sobre todo, leyó mal una de las características de su enemigo, condenando todo su esfuerzo al fracaso.

Ahora, no es seguro que si Aníbal hubiera sitiado Roma los romanos habrían claudicado o que la ciudad caería. Pero si es claro que su decisión dejó pasar una posible oportunidad de poner fin a la guerra en condiciones muy ventajosas para Cartago. Su exceso de prudencia en este caso y la subestimación de su enemigo impidieron que la victoria de Cannae fuera el enfrentamiento decisivo que debió ser. 

Interim II: Las claves de un buen plan.

Verbis: Plutarco y las ventajas de la enemistad.

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