¿Podemos encontrar lecciones vitales, organizacionales y empresariales en las decisiones y acciones de los grandes estrategas y tratadistas militares de la antigüedad?

Strattegos es un esfuerzo por reconstruir la sabiduría de los líderes políticos y militares de la historia para la gerencia, el gobierno y el liderazgo contemporáneo.

Lectio XII: La falsa fortaleza de los números.

  Mitrídates, gran enemigo de Roma, llevando una piel de león a la manera de Hércules.

Mitrídates, gran enemigo de Roma, llevando una piel de león a la manera de Hércules.

Embajadas y ejércitos

Mitrídates era el rey de Ponto a finales del siglo I a.c., un pequeño reino en el norte de lo que hoy es Turquía, pero era ambicioso y soñaba con la gloria. Sabía, por supuesto, que debía esperar por un momento oportuno para actuar, pues su territorio estaba rodeado de poderes emergentes. Al este se encontraba el recién fortalecido reino de Armenia, levantado sobre las ruinas de los viejos dominios griegos en medio oriente, mientras al oeste la joven república romana acababa de heredar el reino de Pérgamo en Anatolia e iniciaba su intromisión en los asuntos de Asia. La oportunidad de Mitrídates llegó cuando los romanos se hundieron en una terrible guerra civil, el rey de Ponto invadió la provincia de Asia (nombre que le dieron los romanos al territorio dejado por Pérgamo) y asesinó a unos cuarenta mil itálicos. Los romanos, incapaces de responder con fuerza a la invasión, decidieron negociar una paz bastante deshonrosa, pero que garantizaba que Mitrídates abandonaría la provincia romana llevándose el botín. Algunos años después, Mitrídates, ésta vez confiado en un ejército entrenado a la forma romana, volvió a invadir las tierras de la república, sin intención alguna de abandonarlas pacíficamente.

El Senado romano envió a los dos cónsules de ese año a combatirlo, uno de ellos era un inútil, mientras el otro, Lucio Licinio Lúculo, era un hombre sensato y prudente. Este último tomó el mando de las operaciones luego de algunos altibajos en la guerra y logró, durante dos años, derrotar sistemáticamente a Mitrídates y conquistar su reino, aunque fue incapaz de capturarlo. El escurridizo rey de Ponto había huido a la corte de su vecino del este, Trigranes, rey de Armenia, al que unos años antes se había aliado casándolo con su hija. Lúculo envió entonces una embajada al rey armenio, liderada por su cuñado Clodio Pulcher. La embajada fue un desastre, la comitiva, demasiado numerosa, incomodó a los armenios y cuando llegó la hora de intercambiar regalos, como se acostumbraba en tales ocasiones, Clodio mostró tal desprecio por los obsequios y tal arrogancia que cuando los romanos abandonaron la corte de los armenios se encontraban en guerra con ellos. Lúculo estaba furioso con su cuñado, pero resignado, se lanzó sobre Armenia con rapidez y se dirigió a la capital del reino, construida años atrás por el propio Tigranes y bautizada a su nombre, Tigranocerta. El rey armenio amaba su ciudad y fue en su ayuda rápidamente con un gran ejército una vez supo que estaba en peligro. Mitrídates lo acompañaba.

Cuando los dos ejércitos se encontraron, en los llanos del norte de Siria, el rey Tigranes bromeó gustosamente con Mitridates, que cabalgaba a su lado, “los romanos son demasiado numerosos para una embajada y demasiado pocos para un ejército”, no estaba lejos de la verdad, Lúculo comandaba unos 30.000 hombres, mientras Tigranes contaba con al menos 150.000. Se inició la batalla y pronto la sonrisa se borró del rostro del rey armenio; su gran, pero bisoño ejército fue derrotado por los disciplinados y mortales romanos, que luego de poner en fuga a los armenios tomaron Tigranocerta y, después de que Lúculo perdonara la vida a sus habitantes y los dejara ir, la quemaron hasta sus cimientos. Tigranes no era un mal general -tampoco Mitrídates, que seguro lo aconsejó durante la batalla- pero las enormes fuerzas que, comparativamente a los romanos, tenía el rey armenio lo llevaron a subestimar a su enemigo y por una fácil victoria, recibió una derrota absoluta.

Números engañosos.

En general, no se debería confiar ni temer demasiado a los grandes números. Quienes lo han hecho suelen ser derrotados. Así ocurrió con Varrón en Cannae, Vencingetorix en Alesia, Dario en Gaugamela y claro, Tigranes y Mitrídates en Tigranocerta. En realidad, su derrota no se debió a que un ejército numeroso sea esencialmente peor que uno pequeño, lo hicieron porque confiaron solo en el número de hombres bajo su mando y no en todas las demás disposiciones que un general debe tener en cuenta antes de una batalla. Los números no son malos por si mismos -todo lo contrario- el problema es que pueden ser engañosos. Y ese es realmente el peligro de tener demasiados recursos u hombres a disposición es el peligroso exceso de confianza que puede producir.

Claro que una superioridad numérica da ventajas, las organizaciones grandes y complejas son difíciles de atacar, saben defenderse y cuentan con amplios recursos, pero también son lentas en reaccionar y costosas de mantener. De esta forma, los líderes militares de la antigüedad aplicaron diferentes tácticas para enfrentarse a enemigos superiores numéricamente, convirtiendo su fortaleza en debilidad. Así, hay que convencerlos de su superioridad y sorprenderlos con ataques en todos lo flancos, darles la sensación de que están rodeados y desesperaran. De igual forma, dar paso a la paciencia y resistir, jugando el juego del tiempo y esperando una oportunidad, cuando el golpe preciso desbarate al enemigo. O invertir recursos en identificar su punto débil, su talón de Aquiles, y avivar mientras tanto su confianza. Finalmente, apuntar a la cabeza, destruyendo al poderoso líder y buscando que la organización se venga abajo, junto con la moral de sus tropas.

Aun así.

No es lo mismo unos buenos pocos a unos pocos malos, es bastante simple en realidad, incluso si ser pequeño da movilidad, y eso es siempre una ventaja, si se cuenta con tropas que no son excepcionales no se puede confiar en ellas cuando enfrenta a enemigos superiores en número.

Verbis: Plutarco y las ventajas de la enemistad.

Verbis: Plutarco y el poder de la paciencia.

0