¿Podemos encontrar lecciones vitales, organizacionales y empresariales en las decisiones y acciones de los grandes estrategas y tratadistas militares de la antigüedad?

Strattegos es un esfuerzo por reconstruir la sabiduría de los líderes políticos y militares de la historia para la gerencia, el gobierno y el liderazgo contemporáneo.

Lectio XI: Poner las condiciones de la batalla.

  Ilustración de la batalla naval de Salamina, 480 a.c.

Ilustración de la batalla naval de Salamina, 480 a.c.

Un palco para mi derrota.

En el año 480 a.c Jerjes I, rey de reyes del poderoso Imperio Persa invadió las montañosas y en su perspectiva atrasadas tierras de los griegos. La invasión hacía parte de la incesante expansión persa, que había sometido al medio oriente, Asia menor, Egipto y territorios en Asia central y la cuenca del río Indo en menos de tres generaciones. Pero también era una expedición de castigo contra los revoltosos griegos, particularmente de la ciudad de Atenas.

Veinte años atrás, cuando gobernaba Dario, padre de Jerjes, los atenienses habían apoyado la revuelta de las ciudades griegas que sometidas por los persas en Anatolia. Los persas sofocaron la rebelión en un par de meses, pero su primera expedición para castigar a Atenas terminó en la inesperada derrota de la batalla de Maratón.

Diez años se demoraron en volver los persas y ahora acompañaba a Jerjes uno de los ejércitos más grandes que hubiera visto la historia. Heródoto -principal fuente de los acontecimientos- exagera el número de efectivos persas poniéndolos en millones, pero incluso los cálculos modernos estiman que Jerjes contaba con unos doscientos mil hombres y una enorme flota con al menos ochocientos navíos. Una fuerza impresionante. Sobre todo, si se comparaba con lo que podían reunir los griegos.

Grecia era todo menos una entidad política cohesionada en la antigüedad. De hecho, aparte de compartir lengua y dioses -y una vaga sensación de cultura común- las ciudades-estado griegas dedicaban la mayoría de su tiempo y recursos a competir entre ellas. Sus constantes luchas y viejas enemistades dificultaban que, incluso ante un enemigo como el Imperio Persa, los griegos pudieran armar un frente común para defenderse. Muchas ciudades negociaron con los persas por separado, prometiendo sumisión a cambio de evitar la guerra, pero algunas no tenían opción -o la negaron por sus implicaciones a sus propios planes en Grecia-.

Así, dos de las ciudades-estado más poderosas de Grecia encabezaron la Alianza para expulsar a los persas de sus tierras, Atenas y Esparta. Otras ciudades se unieron, sobre todo las que se encontraban en las zonas de influencia de atenienses y espartanos y tenían viejos lazos de amistad o sumisión. Aunque un logro político en la desunida Grecia, la Alianza no contaba con fuerzas suficientes para enfrentarse a los persas en campo o mar abierto y debió depender hasta casi el último momento del terreno y la estrategia.

La adversidad siempre es padrina del ingenio y por supuesto, de los grandes personajes. El enfrentamiento del Imperio Persa y los griegos -conocido en la historiografía como la Segunda Guerra Médica- produjo dos de los hombres más importantes de la antigüedad y dignos representantes de sus ciudades, el espartano Leónidas, rey sacrificado en una suicida batalla, y el ateniense Temístocles, un ingenioso político sin miramientos para usar la persuasión y el engaño.

El primer enfrentamiento entre ambas fuerzas se dio en los pasos de montaña del desfiladero de las Termópilas por tierra y en el estrecho del golfo de Artemisio en el mar. Los griegos fueron derrotados en ambas ocasiones, aunque provocaron importantes pérdidas a los persas. La táctica griega era clara: escoger terrenos que reducían la ventaja en número del enorme ejército de Jerjes, obligándolo a usar solo porciones de sus tropas en enfrentamientos sobre la calidad de las armas griegas demostraban superioridad. Aun así, en Termópilas y Artemisio la acción de un traidor griego que vendió a los persas un camino de cabras que les permitió rodear a los griegos comandados por el espartano Leónidas en la primera, y el inicio de una inoportuna tormenta en la segunda condenaron el primer esfuerzo de resistencia de Grecia.

Por suerte, la mayoría de las fuerzas de los griegos pudieron retirarse de ambos enfrentamientos sufriendo bajas que golpearon más su moral que sus números. Sin embargo, al abandonar las defendibles montañas de Grecia meridional, las regiones de Beocia y el Ática cayeron en manos personas. Incluso la misma Atenas fue saqueada e incendiada por un satisfecho Jerjes que vengaba la afrenta a su imperio por el apoyo ateniense a la revuelta de los griegos de Asia veinte años atrás.

Todos los ciudadanos atenienses habían evacuado la ciudad, las mujeres y los niños fueron llevados a ciudades griegas del Peloponeso, en la relativa seguridad de las cercanías de Esparta, mientras que el total de los hombres en edad de luchar de la ciudad se sumaron a la flota, anclada en el estrecho que separa al continente de la isla de Salamina. Temístocles comandaba la escuadra ateniense -la más numerosa de la flota griega- pero un terco comandante espartano dirigía las fuerzas navales aliadas. Los espartanos eran de la opinión de retirar todas las fuerzas griegas -incluidos los barcos- al Peloponeso, pero los atenienses se oponían. Las discusiones en el campamento griego demoraron una partida y la enorme flota persa se perfiló en el horizonte. Rápidamente, los persas bloquearon una de las salidas del estrecho, amenazando con atrapar a los griegos en Salamina.

Los espartanos y sus aliados del Peloponeso entraron en pánico y exhortaron a los griegos a retirarse lo antes posible. Temístocles hizo todo lo posible por convencerlos de lo contrario, pero al fallar la persuasión se decisión a enviar un mensaje secreto al mismo Jerjes. Mientras tanto, el monarca persa había estado preparándose para la batalla y esperada derrota de las fuerzas griegas, incluso mandando a que le construyeran un trono en el monte Agileo para presenciar el enfrentamiento. El mensaje de Temístocles informaba a Jerjes de la intención de huida de sus aliados griegos. El rey persa envío a una escuadra de trirremes griegos a bloquear el otro extremo del estrecho.

Esta acción, que algunos han interpretado como un coqueteo con la traición -similar a otras acciones en la que se vería involucrado Temístocles- pero el efecto inmediato de su mensaje tuvo consecuencias muy positivas para los atenienses. Pues ahora que la huida no era una opción, fue sencillo convencer a todos los griegos de lo imperioso de combatir. Temístocles desplegó entonces a sus naves a lo largo del estrecho, en espera del enemigo. Los persas se internaron en el corto brazo de mar y se abalanzaron sobre las fuerzas griegas. Los trirremes griegos eran mucho más ligeros que los grandes navíos persas y en la reducida maniobrabilidad del estrecho demostraron ser superiores a sus enemigos. En el momento indicado, una escuadra griega que Temístocles había mantenido en la reserva fue capaz de romper un flanco persa y atacar su retaguardia. Rodeados y en desventaja clara, los barcos de la flota persa dieron media vuelta y huyeron. Los griegos hicieron el amague de perseguir a los derrotados, pero una ventisca que se desató en ese momento se los impidió.

Sobre el monte Agileo, en su trono de piedra, Jerjes lo vio todo; rabiando por la derrota de sus fuerzas. Al menos un tercio de toda la flota persa fue hundida o capturada por los griegos, mientras estos perdieron solo uno de cada diez de sus navíos. Ahora la Alianza controlaba el mar y aunque el ejército persa continuaba siendo impresionante, el temor por quedarse atrapado en Grecia llevó a Jerjes a volver a Asia con buena parte de sus tropas, dejando a un lugarteniente con sus mejores hombres para "completar" la conquista de Grecia.

Un año después, en una dura y angustiosa batalla en las planicies cercanas a la ciudad de Platea, los griegos derrotaron al ejército persa, mataron al lugarteniente de Jerjes y expulsaron a los invasores. Los persas no volverían a amenazar seriamente a los griegos de Europa.

Escoger el lugar de la victoria.

Las condiciones son todo. El terreno, el clima, la moral, la estamina, el entrenamiento y la estructura organizacional son todo a la hora de determinar quién gana un enfrentamiento bélico. Similar es en cualquier esfuerzo humano, las condiciones en las que se escoge realizar un enfrentamiento, promover una visión, competir o desarrollar un proyecto determinan su viabilidad, su éxito, su victoria. Ahora, ganar puede depender de las condiciones correctas, las que potencian las fortalezas propia y exponen las debilidades del enemigo, y en este sentido, resulta fundamental escoger muy bien el momento, el lugar y la forma de esa medición de fuerzas.

Los generales griegos usaron esta idea durante buena parte de las guerras médicas. En general, las fuerzas más débiles de un enfrentamiento suelen hacer mayores esfuerzos y preocuparse más por buscar las mejores condiciones. Así, los dos puntos de la defensa griega durante el primer año de la segunda guerra médica buscaban sacar lo mejor de las fuerzas griegas mientras anulaban las ventajas de los persas. El desfiladero de las Termópilas y el estrecho de Artemisio reducían la maniobrabilidad de los efectivos de Jerjes, enfrentándolos a los soldados mejor equipados de la Alianza. 

Igual fue en Salamina, en donde Temístocles hizo todo lo que estaba en su poder -incluyendo algunas maniobras cuestionables para forzar a sus aliados- para obligar a los persas a enfrentarlo en las condiciones qué él había escogido en el estrecho entre la isla y el continente donde sus fuerzas tenían mayores posibilidades de victoria. Esto supone dos esfuerzos, el acondicionamiento y la atracción. En el primero, se escoge o se prepara el momento y lugar del enfrentamiento. En el segundo, se busca la manera de llevar al contrincante o los acontecimientos a ese preciso momento y lugar.

Verbis: Tito Livio y las reglas de juego.

Verbis: Polibio y la prudencia de un buen general.

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