¿Podemos encontrar lecciones vitales, organizacionales y empresariales en las decisiones y acciones de los grandes estrategas y tratadistas militares de la antigüedad?

Strattegos es un esfuerzo por reconstruir la sabiduría de los líderes políticos y militares de la historia para la gerencia, el gobierno y el liderazgo contemporáneo.

Lectio XXIII: Darle paso a la experiencia.

  Ilustración de la carga de los atenienses en la batalla de Maratón.

Ilustración de la carga de los atenienses en la batalla de Maratón.

La carrera de Maratón.

En el año 490 A.C. un gran ejército de persas desembarcó al norte de la ciudad de Atenas, en una pantanosa costa cerca de la localidad de Maratón. La fuerza era comandada por el almirante Datis y hacía parte de la expedición enviada por el Rey de reyes Darío I para castigar a las ciudades estado griegas que cuatro años atrás habían apoyado la revuelta de los jonios -sus parientes- en territorio persa. El primer objetivo de Datis había sido la pequeña ciudad de Eretria, que había caído en un par de días y había sido saqueada, sus habitantes hombres muertos en el lugar y las mujeres y los niños tomados como esclavos.

El segundo objetivo de los persas era la ciudad-estado de Atenas. Los atenienses, que siempre habían sido aventureros y algo irresponsables con sus decisiones colectivas, se sumaron a la revuelta jonia con más ambición que cabeza fría y cuando todo se fue al traste en Asia, habían regresado a Grecia sin mucho más que la expectativa de las consecuencias del castigo persa. Las fuerzas principales del Imperio persa se encontraban en una invasión a Escitia cuando la revuelta estalló y se demoraron algunos meses en aplastarla. Pero una vez terminada la guerra en su territorio, se dispusieron a preparar el castigo para los griegos del continente que habían respondido al llamado de los jonios.

Mientras las fuerzas persas levantaban un campamento en Maratón, el ejército de los atenienses llegaba al lugar desde su ciudad. Estaba comandado por diez strategos (uno por cada una de las diez tribus en las que se dividían los atenienses) y entre ellos un comandante superior, el polemarca Calímaco. En el alto rango también se encontraba Milcíades, un experimentado general que había sido hasta poco antes el gobernador de unas posesiones atenienses en Tracia. En ese lugar había tenido bastante relación e incuso luchado contra los persas lo que lo convertía en quizás el que más conocimiento del enemigo tenía en el mando ateniense.

Los atenienses se acomodaron sobre unas ligeras colinas al sur de la playa, bloqueando la posibilidad de los persas de introducirse su territorio, pero las perspectivas para los griegos no eran las mejores. Los persas no habían desembarcado a todas sus fuerzas y sin embargo tenían una importante superioridad numérica, con entre veinte y veinticinco mil hombres. Su fuerza de arqueros resultaba particularmente peligrosa. Los atenienses reunían unos once mil soldados, diez mil atenienses y mil aliados de la vecina ciudad de Platea.

Consientes de esto, el alto mando de la ciudad había enviado un par de días antes a Fidípides, el corredor más rápido de Atenas, a pedir ayuda a Esparta, la otra potencia militar de Grecia. Pero los espartanos se encontraban celebrando unas fiestas religiosas que les impedían luchar durante al menos diez días. Los atenienses, en efecto, estaban solos para enfrentar al ejército del imperio persa. No solo eso, el tiempo corría en su contra.

En primer lugar, la flota persa que acompañaban al ejército podía ser despachada en cualquier momento al sur, amenazando a la desguarnecida ciudad. Pero más peligroso aún que esto, no todos los atenienses consideraban que la mejor opción era lucha, dentro de la ciudad había una creciente facción política que prefería la negociación e incluso el sometimiento a los persas y de la que era posible que saliera un traidor, alguien que entregara a la ciudad al invasor si se presentaba la oportunidad. Así, era un imperativo vencer rápidamente a Datis y los suyos, si los atenienses querían evitar cualquiera de estos desenlaces.

Luego de cinco días de espera -en el caso de los atenienses, probablemente por noticias de los espartanos y de los persas, por las operaciones de desembarco- el alto mando de Atenas se decidió a presentar batalla. En la jerarquía militar ateniense, muy influenciada por su sistema democrático, el polemarca era una figura simbólica de autoridad, estando el mando real de las fuerzas en cabeza de los diez strategos por turnos diarios. El sistema dificultaba las decisiones de batalla, pero mantenía la representatividad de todas las tribus en el mando, algo que era muy importante para la joven democracia.

En las vísperas de la batalla de Maratón, sin embargo, todos los strategos y el polemarca estuvieron de acuerdo en otorgar el mando absoluto a Milcíades durante los preparativos y el despliegue de las fuerzas. El general ateniense había logrado este voto de confianza al proponer un arriesgado pero sensato plan de batalla y demostrar que era el que más conocimiento tenía en la guerra en general y en la lucha contra los persas en particular. Milcíades sabía que los persas eran peligrosísimos en campo abierto, por su caballería, y a distancia, por sus arqueros, pero que en un combate cuerpo a cuerpo su infantería ligera no tenía chance contra los robustamente armados hoplitas griegos. 

Su plan consistía entonces en reducir al máximo el campo de maniobra de los persas. El día de la batalla los atenienses se desplegaron en una larga fila sobre la llanura de Maratón, frente al campamento persa. Milcíades había adelgazado el centro de su formación y fortalecido con más profundidad de hombres sus dos alas. Los persas por su lado, al ver el despliegue ateniense, pusieron adelante a sus arqueros y detrás una nutrida línea de infantes. Sus caballos no habían desembarcado todavía y esto los privó del apoyo de su móvil caballería.

Los griegos marcharon entonces, primero al paso, pero al acercarse a los persas y justo antes de entrar en el alcance de los arqueros enemigos -unos doscientos metros- se echaron a la carrera contra la formación persa. Los arqueros lanzaron sus flechas, pero lograron pocos resultados y aterrados por la carga del enemigo, fueron tomados por sorpresa en el momento del choque. La formación persa retrocedió con el empuje de los fuertemente armados atenienses y pronto las alas de los asiáticos, donde combatían las tropas menos experimentadas, empezaron a ceder y se desencadenó una huida general hacia los barcos que esperaban varados en la costa. Los atenienses, la victoria al alcance de la mano, giraron sobre el centro persa, que aún resistía, y rodearon a las tropas de élite de la infantería persa, los melóforos, que, sin esperanza de vencer, también se retiraron a la carrera.

Lo que siguió fue una masacre. Los atenienses persiguieron a los persas hasta sus barcos e incluso lograron capturar siete de ellos antes de que zarparan. Un contingente importante de persas no pudo subir a los barcos y se retiró más al norte, donde se ahogaron por cientos en las marismas intentado huir de los atenienses. Al final del día, unos seis mil cuatrocientos persas murieron en Maratón, mientras que entre doscientos y mil atenienses y platenses perecieron (entre ellos el valeroso polemarca Calímaco).

Pero el peligro no terminaba, los persas aún contaban con un importante ejército y embarcados iniciaron la travesía al sur para dar la vuelta al cabo Sunión y llegar al puerto de Atenas en Falero. Conociendo el peligro que pendía sobre la desprotegida ciudad, Milcíades ordenó a la mayoría del ejército que iniciara una marcha forzada hacia la ciudad. Los agotados ciudadanos en armas recorrieron los cuarenta y dos kilómetros que separan a Maratón de Atenas en menos de diez horas, llegando justo a tiempo cuando la flota persa se perfilaba en el horizonte. Datis comprobó que la oportunidad estaba perdida y dando media vuelta, regresó a Asia.

Atenas se había salvado.

Nota: Otra versión de la carrera hacia Atenas luego de la batalla señala que el corredor Fidípides -el mismo que había corrido a pedir ayuda a Esparta- fue enviado a anunciar la victoria a la ciudad y avisar del peligro que corría con la flota persa. Fidípides, agotado por la carrera hasta Esparta, la batalla y este nuevo recorrido, llegó a la ciudad, anunció la victoria y se habría desplomado muerto a los pies de sus aliviados conciudadanos. En su honor se instauró la “Maratón” como el evento principal de las revividas olimpiadas griegas a inicios del siglo XX, cuando miles de corredores de todo el mundo corren de nuevo la distancia que separa al lugar de la batalla de la ciudad salvada.

El valor de la experiencia.

El mando de Milcíades sobre las tropas atenienses en la batalla de Maratón fue clave por dos razones. La primera era su amplia experiencia militar en un ejército y sobre unos compañeros de mando que tenían pocos conocimientos y participación en la guerra. El ejército ateniense de Maratón era sobre todo una milicia ciudadana, constituida por ciudadanos armados de forma dispar de su propio bolsillo y en la que muchos apenas si tenían la experiencia de entrenar en el gimnasio como evento social. Algo similar pasaba con los strategos, que cumplían más un papel de representación política que de direccionamiento militar. Todos ellos, tanto mandados, como co-comandantes de Milcíades tomaron la decisión correcta al ceder el mando único al experimentado soldado.

La segunda era su experiencia específica para combatir a los persas. Milcíades había sido encargado por el tirano Hiparco de gobernar la región estratégica del Quersoneso Tracia y había controlado sus ciudades con la ayuda de mercenarios y tribus locales. Durante al menos dos décadas, Milcíades combatió contra tracios y griegos locales, pero durante la invasión persa de Escitia y la revuelta jonia del año 499 A.C. el ateniense combatió contra las tropas persas en varios escenarios y aprendió sus fortalezas y debilidades. De esta forma, era probablemente el único en el mando de Atenas que había tenido la posibilidad de enfrentarse a las fuerzas persas. Esta experiencia específica lo dejó construir su plan de batalla que llevaría a Atenas a la victoria en Maratón.

El mando y la toma de decisiones de los experimentados es fundamental porque se sustenta sobre conocimientos de primera mano sobre las alternativas, las ventajas y las desventajas de acción. En este sentido, tanto la experiencia general -haber hecho o conocer mucho de algo- como la experiencia específica -haber hecho o conocer mucho de una cosa puntual- permiten aproximaciones con conocimiento de causa en las en ocasiones arbitrarias circunstancias de la toma de decisión. En momentos en que se puede estar a merced de la fortuna o de la niebla de guerra, la experiencia de los hombres puede dar necesarias certezas y nunca debe ser descartada y mucho menos, subestimada.

Aun así.

Aunque tener algo de experiencia sobre algo es mucho mejor a no tener ninguna en casi toda ocasión. Haber vivido, conocer o haber hecho algo por mucho tiempo no garantiza el buen juicio o que las decisiones correctas estén a la mano. De hecho, la seguridad salida de la experiencia, si no se maneja bien, puede llevar a grandes errores. Al final, es la combinación saludable entre experiencia -o uso de ella- y la sensatez, la que gana batallas.
 

Verbis: Plutarco y el temperamento de los poderosos.

Lectio XXII: El poder detrás del trono.

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