¿Podemos encontrar lecciones vitales, organizacionales y empresariales en las decisiones y acciones de los grandes estrategas y tratadistas militares de la antigüedad?

Strattegos es un esfuerzo por reconstruir la sabiduría de los líderes políticos y militares de la historia para la gerencia, el gobierno y el liderazgo contemporáneo.

Lectio X: Conocerse a si mismo.

 Escultura de Cayo Julio César, político y general romano.

Escultura de Cayo Julio César, político y general romano.

La vanidad de Pompeyo

Persiguiendo a su enemigo, luego del inicio de la guerra civil romana, César llegó a Grecia y se encontró de pronto en una situación desesperada. Pompeyo dominaba la totalidad del país, había forjado alianzas fuertes con los príncipes y ciudades locales y había reclutado un gran ejército. Las fuerzas de César eran hostigadas continuamente por unidades ligeras de Pompeyo y sus suministros escaseaban; la población civil le era hostil, informaba a su enemigo de sus movimientos y se rehusaba a venderle comida; si César insistía, preferían quemar sus cosechas y huir, dejándolo en cualquier caso sin nada. Las semanas pasaron y Pompeyo, en una clara posición de fuerza se rehusaba a pelear, su estrategia era desgastar hasta tal punto a César que su campaña en Grecia resultase la ruina para todos sus planes. Sin embargo, los senadores, que habían huido de Roma con Pompeyo y ahora servían en el ejercito de la República que él comandaba, empezaban a exasperarse; aquella no era la gloriosa victoria que hubieran esperado del más grande héroe de Roma ¿Qué sucedía con Pompeyo? ¿Por qué ahora que tenía la clara oportunidad de aplastar a César la evitaba? ¿Acaso tenía miedo?

Los senadores empezaron a presionar cada vez más a Pompeyo, querían que atacara a César cuanto antes, según ellos, todas las condiciones estaban dadas para la victoria. César, por otro lado, aun si pasaba dificultades, no desesperaba; sus hombres eran duros y experimentados y ciegamente fieles, él sabia de las discusiones en el ejército enemigo y solo esperaba a que se le presentara una oportunidad. Pompeyo, cansado de las quejas de los senadores, decidió por fin hacer frente a César y con varias brillantes maniobras logró acorralarlo en una posición desventajosa, cerca de la ciudad de Farsalia, en la región de Tesalia. Pero de nuevo, vaciló; levantó su campamento sobre una colina y esperó; en realidad, no quería pelear, lo evitaría cuanto pudiera, pues temía que en una sola batalla se pudiera jugar el todo por el todo, además, esperaba que los hombres de César, llevados a tal punto de desabastecimiento y presión, lo abandonaran y así termina la guerra.

César, mientras tanto, sabía que, en la situación que se encontraba, el tiempo era poco y la única opción verdadera era enfrentar a Pompeyo en una batalla a campo abierto; él sabia que sus hombres vencerían, solo debía darles la oportunidad de pelear. Empezó entonces a formar a sus soldados, en orden de batalla, todas las mañanas, retando al ejército de la República, y a su vacilante general, a plantarle cara. Pompeyo no mordió el anzuelo y evitó la confrontación, manteniendo, claro está, su fuerte posición defensiva. Los senadores lo presionaron aún más, “mira como nos reta” le decían “enfréntalo, o ¿acaso le temes?” Pero Pompeyo se mantenía, aún si su orgullo se veía herido, y les respondía “no tienen comida y no pueden moverse, pronto se rendirán, debemos esperar”. Entonces, conjunto a la formación de su ejército todas las mañanas en el campo de batalla, César ordenó a sus hambrientos hombres que hornearan pan con las raíces que encontraran en los terrenos aledaños y cuando juntaron una gran cantidad la lanzaron sobre el campamento de Pompeyo.

El efecto fue devastador, por un lado, ahora el principal argumento de Pompeyo para no enfrentar a César se caía; ¡los hombres de César comían raíces, no estaban pasando hambre! Y segundo, la moral de las tropas republicanas se fue al suelo, pues ¿Quién querría enfrentar a tales locos, que comían pan hecho de raíces y peor aun, siendo su único alimento, se los tiraban a la cara a sus enemigos como señal de desprecio? La presión de los senadores se convirtió entonces en amenaza, Pompeyo tenía que atacar o su mando sobre los ejércitos de la República podía ser dado a otro general. La mañana siguiente, cuando César formó a sus soldados en el campo, Pompeyo por fin hizo lo mismo.

Antes de la batalla, César, dirigiéndose a los soldados que combatirían en los flancos y enfrentarían a la más numerosa caballería de Pompeyo, les ordenó que, en vez de lanzar sus lanzas (pillum) antes de cargar, como era lo usual, las mantuvieran en alto y apuntaran a la cara de los hombres a caballo. Pompeyo mandó entonces a sus superiores fuerzas sobre las de su enemigo, en el centro, el choque entre los dos ejércitos pronto llevó a una situación de tablas; los solados de César eran menos, pero valientes y experimentados; los de Pompeyo estaban desmoralizados y muchos eran reclutas novatos, pero su numero era muy superior. En los flancos sin embargo, la caballería de Pompeyo pronto puso en fuga a la de César, pero en su persecución fue interceptada por la infantería que, con las lanzas en alto, comenzó a atacar a los caballeros en sus caras, asesinándolos con terribles heridas. El pánico se apoderó rápidamente de los aristócratas que integraban las unidades de caballería y huyeron. Entonces, los hombres de César desbordaron los flancos del enemigo, Pompeyo, presa del pánico al ver como todo se perdía, huyó, llevándose con él la poca moral que les quedaba a sus hombres; pronto los restos del ejército de la República se rendían ente los hombres de César. 

Introspección y análisis

Zun-Tsu, el gran filosofo de la guerra chino, dijo: “Conócete a ti mismo, y a tu enemigo, y no encontraras la derrota en cien batallas”. La máxima resume el buen esfuerzo de la guerra, y de todos los asuntos humanos que se llevan como tal, por parte del líder sensato. César, como muchos otros grandes, aplicó este concepto en todas sus campañas; estudiaba, con profundidad y compromiso, a sus enemigos y conocía a sus soldados a un nivel excepcional.
Durante la batalla de Farsalia lo anterior fue más claro que nunca. César conocía demasiado bien a Pompeyo, a los senadores y a sus compatriotas romanos; sabía, por ejemplo, que el gran general era vanidoso, demasiado, a tal punto, que dejó de celebrar su cumpleaños cuando cumplió cuarenta, unos quince años antes a Farsalia, y que se hacía representar en las estatuas que de él se alzaban en las provincias orientales como un joven musculoso y alto, más parecido a un Alejandro Magno que a un Pompeyo Magno.

Un hombre tan vanidoso y cuidadoso de su reputación vería su orgullo herido si sus victorias no eran las más honorables y peor aún, si su valentía se ponía en duda en el proceso. Los senadores, por otro lado, eran en su mayoría suspicaces y ambiciosos y demasiado acostumbrados a vivir en Roma y el exilio al que Pompeyo los había llevado les dolía enormemente. Cicerón, político de enorme prestigio, se sumergió en una depresión tan profunda al abandonar Roma que se temió por su salud, ese estado, por supuesto, no ayudó a subir la moral de las tropas, que lo veían pasearse entre lamentos por el campamento, vistiendo de luto.

César sabia que, a diferencia de lo que creía Pompeyo, el tiempo jugaba a su favor; primero se resquebrajaría la fuerza de la república, con sus ambiciosos lideres, que siendo meses atrás enemigos políticos encarnados se habían visto obligados a aliarse unos con otros, antes que su ejercito se muriera de hambre. Los soldados de Pompeyo, temerosos de la reputación de los soldados de César, confirmaron sus temores cuando éste ordenó a sus hombres hornear pan de raíz y lanzarlo al campamento enemigo. El golpe fulminante llegó sin embargo, cuando César dijo a sus hombres que atacaran con sus lanzas las caras de los hombres de caballería de Pompeyo. César sabia que estas unidades estaban conformadas en su mayoría por jóvenes aristócratas, orgullosos de sus nobles rasgos y la belleza de sus rostros; una vez vieron como los enemigos hacían todo lo posible por desfigurarlos o asesinarlos entre terribles heridas, el pánico se apoderó de ellos. 

Solo quien conoce contra quien se enfrenta, sus debilidades y fortalezas, y con que fuerzas lo hace, sus propias debilidades y fortalezas, es capaz de aprovechar sus fortalezas sobre las debilidades del enemigo, mientras esconde sus falencias y evita los puntos fuertes de su contrincante. En primer lugar, es menester conocer las fuerzas, propias o de los subordinados; poniéndolos en situaciones donde les sea posible demostrarlas, como juegos de guerra o enfrentamientos de pequeña envergadura. En 1939, Alemania probó su táctica del Blitzkrieg (guerra relámpago) con el pequeño y atrasado ejército de Polonia; de la experiencia pudo sin embargo, perfeccionarla para la invasión en 1940 de Francia. En segundo lugar, deberían conocerse las fuerzas del enemigo; ponerlos a prueba también es una buena opción, crear una situación donde el enemigo muestre sus defensas, ejercitado un poco de presión sobre ellas y notando la forma en que reaccionan. La información sobre episodios previos en los que fuerzas propias o enemigas han demostrado su fuerza también dan buenas pistas sobre lo que se puede esperar en una competencia entre ellas.

Aun así.

Es difícil pensar en un punto débil de este concepto; dedicar tiempo a estudiar el conflicto, las fuerzas propias y la del contrincante es siempre útil, sin embargo, advertir cuando un astuto enemigo muestra una imagen diferente a la verdadera es, además de lo más difícil en la guerra, un punto critico. Durante la Segunda Guerra Mundial, los ejércitos alemán y británico se enfrentaban en el norte de África, después de varias victorias y derrotas de parte y parte el general birtánico Bernanrd Law Montgomery empezó a planear un ataque final contra las líneas alemanas, cerca la localidad libia de El-alamein. Pero necesitaba hacer creer al general alemán, el mariscal Erwin Rommel, que el ataque se produciría en el sur y no en el norte, donde tendría lugar, así que encomendó a una unidad especial que ya había realizado varios trabajos anteriormente para el ejército la puesta en escena del engaño. El equipo produjo cientos de tanques de lona y madera, vías ferroviarias y campamentos de mentiras y los colocó en el sur para que los aviones de reconocimiento alemán los vieran, luego montó puestos de radio falsos que, entre mensajes triviales, informaba, en frecuencias que los alemanes oían, la intención de los británicos de atacar por el sur. Finalmente, construyó ‘disfraces’ para los tanques ingleses que los hacían pasar por camiones o vehículos civiles, permitiéndoles asentarse en el norte, sin que Rommel viera en ello ninguna amenaza. El comandante alemán se convenció, en todo caso, que el ataque sería por el sur y desplazó un gran número de sus tropas allí, cuando Montgomery lanzó a todos sus tanques por el norte tomó a Rommel (que entre otras cosas era un gran líder y creador, entre otros, del Blitzkrieg) completamente por sorpresa, luego de varios días de combates, los británicos se impusieron y se inició una costosa retirada para los alemanes, después de su primera derrota significativa desde el inicio de la guerra.  

 

Verbis: Alejandro, el conocimiento, la habilidad y la fuerza.

Verbis: Solón y la dirección de los obedientes.

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