¿Podemos encontrar lecciones vitales, organizacionales y empresariales en las decisiones y acciones de los grandes estrategas y tratadistas militares de la antigüedad?

Strattegos es un esfuerzo por reconstruir la sabiduría de los líderes políticos y militares de la historia para la gerencia, el gobierno y el liderazgo contemporáneo.

Lectio VII: Apuntar a la cabeza.

 Batalla de Gaugamela

Batalla de Gaugamela

La táctica del yunque y el martillo (batalla de Gaugamela).

A mitad de su invasión al Imperio Persa, Alejandro Magno comandaba unos 50.000 hombres, entre ellos 6.000 soldados de caballería. El general macedonio ya había derrotado a su enemigo en las batallas del río Gránico y de Issos, y luego de poner bajo su control toda la sección occidental del territorio persa, se introdujo al corazón de su poder en medio oriente. En las llanuras desérticas de la actual siria, se extendía un ejercito como nunca antes se había visto, 300.000 (autores antiguos dicen que 1.000.000) persas a las ordenes de Darío III, el Rey de Reyes, esperaban a los macedonios para poner fin de una vez por todas a su invasión.

Darío había esperado a Alejandro durante meses, reclutando a su gigantesco ejército y aplanando la llanura donde pretendía pelear (cercana a la ciudad de Gaugamela) para que sus carrozas de guerra no encontraran obstáculo alguno en su carga. Las dos fuerzas se dispusieron para la batalla, que prometía en cualquier caso ser el enfrentamiento definitivo de la guerra, e iniciaron las maniobras.

Alejandro había retomado de su padre la táctica insignia del ejército macedonio, que podríamos llamar "el yunque y el martillo", que consistía en plantar un frente de infantería pesada que contuviera al enemigo, mientras la caballería, en el flanco derecho, rodeaba a la formación enemiga y la empujaba contra la infantería. Literalmente, el yunque era la infantería, el martillo la caballería; y el enemigo era aplastado entre ambos. Sin embargo, esta estrategia necesitaba de una proporción de las tropas más o menos similar, y la superioridad numérica persa amenazaba con impedir que el envolvimiento se realizara sin que la formación macedonia fuera rodeada antes.

Iniciada la batalla, Darío envió a sus carrozas contra los macedonios, esperaba que con la furiosa carga de las maquinas la infantería enemiga perdiera su estrecha formación. En ese instante Alejandro, que siempre comandaba la caballería, comenzó a avanzar por el flanco de la lejana derecha, como en su famosa táctica. Darío comprobó entonces con frustración que sus carrozas no tenían el efecto esperado en los macedonios, que las derrotaron sin mucha dificultad, así que envió a su lugarteniente, Bessos, que comandaba el ala derecha de su ejercito, contra la izquierda macedonia, liderada por el veterano general Parmenion. El comandante macedonio resistió el embate, pero los persas eran muchos y los macedonios empezaban a ceder; Parmenion envió mensajeros a Alejandro, para que lo ayudara. Pero el rey macedonio se encontraba demasiado lejos, cabalgando con sus seis mil jinetes, rodeando la formación persa. Pronto se encontró sobre la retaguardia del flanco izquierdo de los persas, enfiló a sus hombres y se lanzó sobre el centro, en una acción desesperada, pues su inferioridad numérica era escandalosa, pero Alejandro se abría paso, su objetivo, en cualquier caso, empezaba a verse a la distancia. 

Darío, en el centro de la retaguardia, se horrorizó cuando vio como Alejandro y sus jinetes, como furias salidas del infierno, se abrían paso sobre su ejército hacia él, pronto Alejandro estuvo tan cerca que pudo lanzar un venablo, que pasó cerca de la carroza donde estaba Darío. El rey de reyes, presa del pánico, tomó las riendas él mismo y huyó a toda carrera. Cuando se supo de la huida de Darío gran parte de su ejército se dio a la fuga o se rindió a los macedonios, sin embargo, Bessos mantenía el orden de sus tropas y estaba a punto de desbordar a Parmenion, Alejandro, que se disponía a perseguir a Darío, recibió sus mensajes de auxilio; la cuestión era simple: podía capturar a Darío y ganar la guerra, pero perdería su ejercito. La prudencia pudo más y Alejandro volvió en ayuda de sus hombres.  

Disparo a la cabeza.

En un combate cuerpo a cuerpo; en un enfrentamiento de un hombre en armas contra otro, los blancos a golpear son muchos: los costados, los miembros, el pecho, pero ninguna es tan tentador, como difícil de alcanzar, que la cabeza. Es decir, herir al enemigo en alguno de sus miembros, ya sean los brazos o las piernas, aun incapacitándolo, no necesariamente lo sacará del combate, incluso un golpe al pecho a al vientre tiene que ser lo suficientemente profundo como para causarle una hemorragia significativa. La cabeza sin embargo, determina si el contrincante continua batiéndose o no. ¿Cuándo se ha visto a un descabezado plantando defensa alguna?, por lo menos, una organizada y efectiva.

De esta forma ocurre con toda organización humana (incluso con el hombre mismo) sin cabeza que dirija las operaciones, los miembros mueren o se neutralizan ellos mismos entre desorden y confusión. Alejandro entendía esto; incluso si confiaba en la experiencia y habilidad de sus hombres y generales, la superioridad numérica de los persas era simplemente apabullante y, de alguna forma u otra, terminaría por aplastarlo. Por eso confió en la táctica del yunque y el martillo, pero, sobretodo, en la del disparo a la cabeza. Comprendía que las organizaciones, entre más grandes y complejas, más dependen del mando firme de un líder visible, aun más, cuando este líder es supremo y semi divino. Sin Darío para evaluar su desempeño, a sus súbditos solo les quedaba huir; ellos no pelearían por un líder que huyendo había dado por perdida la batalla.

Aun así.

Solo dos pequeñas precisiones. La primera, es fundamental que el ataque vaya dirigido a la cabeza verdadera, no la más visible. Es decir, a veces algunas organizaciones dicen seguir a un líder, cuando en realidad es alguien tras bambalinas quien controla la escena, es preciso prestar atención por estos personajes, son los blancos a destruir.

Finalmente, si se apunta a la cabeza lo peor que se puede hacer es fallar la cabeza, no hay nada más peligroso que un líder desbancado solo en parte o un enemigo derrotado pero con fuerzas para seguir peleando. El final de la primera guerra del golfo lo dictó el miedo a que si Saddam Hussein era derrocado la anarquía se tomaría Irak (la actualidad ha mostrado qué tanta razón tenían) pero si lo hubieran hecho entonces, se habría evitado una segunda guerra, además de contar para ese momento con una coalición de muchos países,  varios de ellos árabes, que habrían ayudado a recuperar la estabilidad del país más rápidamente. Así pues, no hay que dejar cabeza sobre nuca, nunca, o pasarán la cuenta.

Verbis: Séneca y el papel del instinto.

Lectio VI: Lo que oculta la fricción.

0