¿Podemos encontrar lecciones vitales, organizacionales y empresariales en las decisiones y acciones de los grandes estrategas y tratadistas militares de la antigüedad?

Strattegos es un esfuerzo por reconstruir la sabiduría de los líderes políticos y militares de la historia para la gerencia, el gobierno y el liderazgo contemporáneo.

Lectio IV: Lo que pueden enseñar los enemigos.

 Representación renacentista de una batalla naval durante la Primera Guerra Púnica.

Representación renacentista de una batalla naval durante la Primera Guerra Púnica.

Espadas, yelmos y tácticas ajenas.

En el año 263 A.C. el Mediterráneo occidental estaba en guerra. Las dos grandes potencias de la región, las ciudades de Roma y Cartago se enfrentaban en una guerra inevitable luego de varios años de encontrarse en contiendas indirectas por la hegemonía de esa parte del mundo. Roma era ante todo una potencia terrestre, con sus legiones dominando la península itálica luego de recientes años de ininterrumpida conquista. Por el otro lado, Cartago dominaba los mares, su flota había sido la fortaleza que garantizaba su control sobre las rutas comerciales y que les permitía mantener hostilidades allende a su territorio africano. La desventaja era para los romanos, pues los principales teatros de batalla estaban en las islas de Sicilia, Córcega y Cerdeña; cualquier adelanto en la guerra implicaba necesariamente tener algún control sobre el mar.

Los romanos se creían escogidos por los dioses para dominar el mundo. Aquella era una certeza que impulsaba todos los esfuerzos, bélicos o no, en los que se veían involucrados. La primera guerra púnica no fue la excepción y por eso Roma construyó su primera flota de guerra y la echó al mar llena de inexpertos marinos y almirantes. Las batallas de una nueva forma de hacer la guerra que desconocían y el inestable clima del mediterráneo occidental hundió al menos tres flotas romanas en los veinte años de guerra. Al menos cien mil romanos perecieron en las campañas marinas de la ciudad itálica.

Pero de cada derrota y de cada tragedia, los romanos aprendían el arte de la guerra naval. En primer lugar, es probable que la primera flota que construyeron fue gracias a la copia de los diseños de barcos cartagineses capturados o hundidos en costas italianas. Pero fue de la lenta adquisición de experiencia en el campo de batalla, enfrentamiento tras enfrentamiento con las fuerzas navales cartaginesas, que Roma construyó un podría naval capaz de derrotar finalmente a los cartagineses luego de más de veinte años de guerra.

Sus flotas no fueron la primera o única herramienta, ni la guerra naval la primera táctica, que los romanos copiaron de sus enemigos. La indumentaria de un legionario del año 1 D.C. suponía la sumatoria de elementos de panoplias ajenas. La gladius, la espada corta de doble filo que es ícono de los soldados romanos, se había copiado alrededor del siglo II A.C. de un diseño hispano, mientras que el yelmo era una versión casi exacta de los cascos usados por los infantes galos del norte de Italia.

Esto no hacía que los romanos fueran menos innovadores. Su introducción de una infantería que podía desplegarse por pequeñas unidades móviles, su uso de jabalinas de hostigamiento en manos de los legionarios (por no hablar de su novedoso diseño que evitaba que una vez lanzadas al enemigo pudieran usarse de nuevo) e incluso el uso sistemático de ingenieros y máquinas de guerra revolucionarían las confrontaciones bélicas de la antigüedad y les dieron un imperio por casi un milenio.

Cómo sacar provecho de los enemigos.

En el siglo I D.C. Plutarco escribió un bonito tratado dirigido a aconsejar sobre la forma de tratar con lo enemigos, fueran políticos, personales o militares. La principal conclusión del libro es que los enemigos son la mejor fuente para los ajustes y la innovación propia. Es decir, que no hay crítico más agudo que un enemigo, en el que siempre se puede confiar para que señale o se aproveche de las debilidades reales y más claras de las acciones propias. Plutarco defiende entonces la preocupación por “procurarnos buenos enemigos”. Esto implica una mezcla poco común de perspicacia, humildad y sentido de la innovación. Volviendo al desarrollo militar de los romanos, sus adopciones de tácticas y armas de otros pueblos necesitó de una buena dosis de ingenio para reconocer los ajustes y aplicarlos efectivamente a los modelos que llevaban utilizando por décadas o incluso completamente nuevos. 

Pero el aprendizaje de los enemigos no es solo un asunto de innovación, es ante todo un ejercicio de humildad. Implica tener la capacidad para reconocer en el contrincante (muchas veces señalado de inferior o de perverso) sus técnicas, decisiones y acciones superiores o a sus críticas o ataques como la mejor prueba de las debilidades propias. Esa no es una humildad salida de la inseguridad por supuesto, sino del pragmatismo. En esto los romanos eran maestros; su historia está llena de pequeños episodios de pragmatismo sumado a una profunda seguridad en sus capacidades para conquistar el mundo. Esa combinación, no hay que insistir mucho, les permitió poner el mundo antiguo a sus pies.

Aun así.

No todas las innovaciones salidas de los aprendizajes de los enemigos son positivas. Las primeras derrotas romanas en los mares del mediterráneo durante la Primera Guerra Púnica se debieron a malas “traducciones” de las técnicas de la guerra naval. Los ingenieros romanos introdujeron el corvus, un puente movedizo de abordaje que permitía que las batallas navales fueran luchas cuerpo a cuerpo (lo que daba una ventaja a las legiones), pero volvía terriblemente inestables a los barcos romanos. El desastre de Camarina, donde toda una flota romana se hundió posiblemente por llevar el pesado puente en la mayoría de sus barcos, ayudaría a que se dejara de utilizar casi a mitad de la guerra. Aunque esto hace parte del proceso de aprendizaje inherente a la adopción de una nueva forma de hacer las cosas, es común que la innovación se pierda en la necesidad esperable de tener que evitar cambios muy drásticos. 

 

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