¿Podemos encontrar lecciones vitales, organizacionales y empresariales en las decisiones y acciones de los grandes estrategas y tratadistas militares de la antigüedad?

Strattegos es un esfuerzo por reconstruir la sabiduría de los líderes políticos y militares de la historia para la gerencia, el gobierno y el liderazgo contemporáneo.

Lectio III: La recompensa a la osadía

 Un busto de Cneo Pompeyo Magno, defensor del Senado y el gran enemigo de Cayo Julio César durante la guerra civil romana.

Un busto de Cneo Pompeyo Magno, defensor del Senado y el gran enemigo de Cayo Julio César durante la guerra civil romana.

El paso de César del Rubicón y su campaña de Italia.

La orden encontró a Cayo Julio César en el norte de Italia, en la ciudad de Ravena, la había esperado por semanas y por fin se encontraba entre sus manos, “el pueblo de Roma” decía “le ordena desmantelar sus legiones y viajar a la ciudad, como un simple ciudadano de la república”. Esto significaría, en todo caso, renunciar a su fuero de procónsul (Gobernador) y poder ser juzgado entonces como ciudadano común. Sus enemigos en el Senado, responsables de la orden, no tardarían, una vez estuviera en la ciudad, en juzgarlo por los supuestos crimines cometidos durante su reciente campaña en las galias (Actual Francia). César se encontraba entonces inmerso en un terrible dilema: bien podía negarse a cumplir la orden y mantener sus legiones, pero el Senado no tardaría en declararlo ‘enemigo de Roma’ y poner precio a su cabeza o podía obedecer la orden y dirigirse a una muerte segura, enfrentando un juicio en donde tenía todas las de perder. 

Mientras César dudaba en Roma, Pompeyo Magno, el hombre más poderoso y el general más prestigioso de la ciudad, se alzaba como el protector del Senado ante las pretensiones y desobediencias de César. Los senadores, cada vez más nerviosos ante la indecisión de César, le preguntaban a Pompeyo qué haría si este decidía marchar contra Roma, el Magno reía entonces y medio en chiste decía “si eso llegase a pasar, daré una patada en la tierra y de ella saldrán infantes y caballería”. La seguridad de Pompeyo no era infundada, en realidad nadie esperaba que César se alzara en clara rebelión contra su ciudad y mucho menos cuando solo contaba con dos legiones en su campamento de Ravena. La confianza del protector de Roma se trasmitía con facilidad y pronto todos esperaban que llegase César del norte, sólo, presto a disponerse ante la justicia romana.

Pero César, hizo lo que nadie se esperaba, César, les dio la sorpresa de una vida. En un avance relámpago, cruzó el Rubicón, un pequeño río que separaba a Italia de la Galia, acción que lo ponía en franca rebelión ante el senado romano, y con su pequeña fuerza, mucho dinero en sobornos y la promesa de perdón a quien lo ayudara, empezó a tomar ciudades del norte de Italia a una velocidad impresionante. En Roma, las noticias del avance de César se seguían con consternación, los senadores revoloteaban nerviosos alrededor de Pompeyo, que apenas si podía creer lo que estaba pasando, exigiéndole que marchara al norte a enfrentar al rebelde.

Pompeyo dudaba, en realidad, apenas tenía bajo su mando en Italia una legión mal equipada y sin experiencia. Uno de los senadores se exasperó entonces y le recordó su confianza de días atrás “Patea el suelo ahora, Pompeyo, queremos ver a esos infantes y a la caballería”. Pero no había tiempo, César era indetenible y pronto se presentaría  a las puertas de Roma, que se encontraría, inevitablemente, sin defensa alguna. Todo podía perderse entonces. 

Pompeyo se decidió por la supervivencia, marchó al sur con los pocos hombres a sus órdenes y todos los senadores, su objetivo era embarcar en Brindisi y navegar a oriente, a Grecia, donde contaba con amistades y aliados que lo proveerían de hombres y recursos suficientes para enfrentar a su enemigo. En su loca carrera, César casi logró enfrentar a Pompeyo antes que huyera, pero su enemigo se escapó por un pelo. Aun así, había tomado Italia y obligado a su enemigo a retirarse, prácticamente sin recursos a su disposición y sin perder casi ningún hombre, todo gracias a su celeridad y al efecto de la sorpresa.

Recompensa a la osadía.

Cuando se ataca, la iniciativa lo es todo, la duda e indecisión no tienen cabida en la ofensiva, la determinación y la valentía dictan el éxito o el fracaso de una campaña. Cuando César se lanzó al sur, en dirección a Roma, no hubo duda en su avance, sabía a donde se dirigía y le apostó al miedo y a la confusión que produciría su ataque más que a la verdadera fuerza de sus tropas. Si en cambio de su celeridad hubiera escogido un modelo más conservador, y quizás más seguro de maniobra, habría dado tiempo a Pompeyo de organizar sus fuerzas y defensas, e incluso llamar refuerzos de otras partes del imperio, lo que habría podido significar la derrota de César o por lo menos, una cruenta guerra de desgaste entre los dos bandos.

Cuando se ataca, cuando se toma la iniciativa, hay que hacerlo cuando el contrincante menos lo espera y su preparación es mínima. En primer lugar se debe contribuir a su confianza alimentando una representación propia de duda o debilidad, de tal manera que subestime la determinación de la acción. Hay que recordar siempre: la sorpresa depende en gran medida en lo mal parado que se encuentre el enemigo. Cuando por fin se lanza a la ofensiva, no se puede detener mientras no sea un caso de vida o muerte, hay que avanzar, arrinconar al enemigo y obligarlo a tomar malas decisiones en medio de la confusión y el miedo. Pompeyo y el Senado perdieron finalmente contra César algún tiempo después de que este los obligara a dejar Italia, él tenía la iniciativa y mantuvo a Pompeyo siempre a la defensiva, cortando sus maniobras e impidiéndole hacer otra cosa que no fuera esperar a que lo derrotaran.

Es una estrategia que todos los grandes generales han utilizado. En 1940, los alemanes atacaron Francia en los albores de la segunda guerra mundial, utilizando la táctica del blitzkrieg, que consiste en utilizar bastos recursos de unidades muy móviles en un ataque rápido. Francia cayó en un mes ¡UN MES!, una derrota vergonzosa para la que por entonces era una potencia mundial. Los alemanes ya habían utilizado el blitzkrieg en Polonia y Checoslovaquia, pero la perfección de la táctica se alcanzó en la invasión a Francia. Y aunque el blitzkrieg dependía en buena medida de la tecnología y recursos alemanes, era la combinación de velocidad y sorpresa lo que derrotaba al enemigo.

Aun así.

La rapidez puede llegar a ser perjudicial en algunos casos, sobre todo, cuando quien la usa se excede en su alcance. Se debe ser rápido siempre al atacar, pero es importante cuidarse de lo lejos que puede llevar un gran avance que no encuentra mucha oposición. En estos casos se presentan dos alternativas, o se está cayendo en una trampa, o el enemigo está usando el desgaste de las acciones para devolver el golpe en el momento oportuno. Esto ultimo les pasó a los alemanes en Rusia (Como a Darío, a Napoleón y a otros tantos antes) cuando, en su afán por ir velozmente, alargaron sus líneas de suministro, mientras se perdían en la inmensidad del país eslavo, solo para encontrar más y más resistencia. Napoleón y Hitler fueron finalmente derrotados por pretender abarcar mucho, por querer controlar la inmensidad de Rusia.

 

Verbis: Vegecio y el entrenamiento del valor.

Verbis: Heródoto y los beneficios de la valentía.

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