¿Podemos encontrar lecciones vitales, organizacionales y empresariales en las decisiones y acciones de los grandes estrategas y tratadistas militares de la antigüedad?

Strattegos es un esfuerzo por reconstruir la sabiduría de los líderes políticos y militares de la historia para la gerencia, el gobierno y el liderazgo contemporáneo.

Lectio I: La capa en el suelo.

 Photo by konstantinks/iStock / Getty Images

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El duro suelo de la Galia

Cayo Julio César, durante sus años de juventud, se ganó la fama de ser un ‘dandi’ en Roma; nadie tenía más estilo que el joven miembro de la familia Julia, utilizando el cinturón casi suelto en las caderas, lo que despertaba la indignación de los viejos políticos romanos. En una ocasión, luego de construir una casa en las afueras de la ciudad, la destruyó completamente pues “no era digna de él”. También, cuando fue secuestrado por unos piratas cerca a Grecia, y los bandidos pretendían pedir tres talentos como rescate a su familia, César, indignado, declaró que él valía, por lo menos, cinco talentos. Sus deudas eran enormes, pues gastaba a manos llenas, dando regalos y patrocinando juegos y fiestas para la plebe, daba banquetes también para los nobles en donde demostraba su gran estilo y conformando una pequeña comitiva de jóvenes aristócratas que lo veneraban, no por su liderazgo, sino por su sentido de la moda.

Cuando, después de ser cónsul, a César se le concedió la gobernación de las provincias del norte de Italia, se dedicó a buscar una guerra fronteriza. Algunos meses después de llegar a sus provincias César invadió la Galia. Sus soldados pronto se dieron cuenta que su general no era un hombre convencional; muchos habían oído las historias sobre sus extravagancias y no dieron crédito a su ojos cuando vieron a César en la campaña. El general comía tanto, o incluso más poco, que sus soldados; en las frías noches de invierno César estiraba su capa sobre el suelo y allí dormía; en la batalla, combatía en la primera línea y corría los mismos peligros que sus hombres. De la misma forma, César logró acoplar su vida de excesos en Roma al campamento, perpetuando su fama de mujeriego en la ciudad, a tal forma que sus soldados, orgullosos de su general, cantaban, mientras marchaban: “Esconded a vuestras mujeres, que viene nuestro comandante. Puede que sea clavo, pero se tira a todo lo que se mueve”.

La lealtad de los hombres de César a su general era inmensa y nunca se ha visto soldados con moral más alta y compromiso más fuerte con la victoria, a veces incluso, no por Roma, sino por César, que parecía, a ojos de sus soldados, no un hombre común, sino uno extraordinario.

La capa sobre el suelo

Alejandro Magno acostumbraba comer sólo cuando el último de sus hombres lo había hecho y, como César, Aníbal y otros grandes, combatía en primera línea, con valor y desprecio por el peligro. Sus hombres los admiraban por eso. No era, en cualquier caso, porque los lideres se igualaran a sus subordinados; sino más bien porque mostraban su superioridad mientras se paraban hombro a hombro con sus soldados;  el primero entre iguales, podría decirse, aquel que lidera no por su posición o cuna (incluso si esta es superior) sino por sus habilidades, por su capacidad para dar ejemplo.

César era un animal político ante todo, su comportamiento desmedido y extravagante en Roma buscaba llamar la atención sobre él y juntar bajo sus banderas a los jóvenes nobles que no se veían representados en los viejos y conservadores senadores. Pero una vez recibió el mando de sus ejércitos proconsulares (del gobernador) entendió que los soldados son criaturas extrañas, que admiran algunas extravagancias, pero en general, despreciaban a los débiles y mimados aristócratas que cuando comandaban un ejercitoparecían estar de vacaciones; celebrando banquetes y levantando suntuosas carpas donde dormir en las noches. César había tenido que comandar tropas antes, durante su juventud, y recalcó en los puntos de su ya ganada fama, como la de mujeriego, y en silencio demostró sus otras habilidades; la austeridad y la genialidad militar.

Así pues, es importante demostrar que una posición de liderazgo no es solo circunstancial, sino que, llegado el caso, quien la ocupa podría haberlo tomado por mano propia. Aun así, no hay que decirlo, sino hacerlo, las acciones son mil veces más efectivas que las palabras. Por supuesto, no se puede dedicar a hacer estas muestras durante todo el día, es fácil cansar o señalar la hipocresía de las acciones.  Hay que regularlas, soltarlas de vez en cuando, serán más significativas y tendrán más fuerza.

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